Carentes de alimentos suficientes y sanos, agua potable, viviendas, medicamentos oportunos y disponibles, información, educación y cultura, y oportunidades de trabajo digno y bien remunerado, los “condenados de la tierra” deben enfrentarse a un mundo lleno de riesgos y amenazas que reducen drásticamente sus expectativas de vida y los reducen a un estado enajenante de
elemental supervivencia.
Por otro lado, a los beneficiarios de la civilización industrial, el modo de vida moderno los enfrenta a un mundo que no por dotarles de suficientes satisfactores materiales les garantiza una vida plena y segura. Obligados a la competencia individualista, a la cotidianidad marcada por los ritmos de la maquinaria industrial, a la satisfacción mediante el consumo compulsivo, a la “vida instantánea”,
los ciudadanos modernos también se enfrentan a un mundo inseguro: deterioro de la unidad familiar, ciudades peligrosas, alimentos inseguros, medicamentos riesgosos, patología individual y colectiva y, últimamente, terrorismo civil y de estado (Fukuyama, 1999).
Frente a la sociedad del riesgo los ciudadanos del mundo echan mano de tres recursos que aún permanecen inviolados por el avance de la industrialización: su alianza con la naturaleza, es decir el uso conservacionista del mundo vivo y el aprovechamiento respetuoso de los procesos orgánicos, que son locales, baratos y seguros; la recuperación del recuerdo, en donde la espiritualidad aparece como el elemento de salvación frente al mundo materialista, individualista y mercantilizado, y la disponibilidad de un conocimiento que despojado de sus atributos normales se vuelve
una suerte de “ciencia de y para los pueblos.”
Toledo_Ecologia,Espiritualidad y conocimiento
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